Frank Lloyd Wright y otros arquitectos de los inicios del siglo XX veían las paredes como estructuras fascistas. Pensaron que una oficina sin paredes permitiría liberar a los oficinistas del ahogo de las estructuras cerradas. Claro que los directivos de las empresas lo vieron desde otro punto de vista: primero como la posibilidad de meter un mayor numero de trabajadores en menos espacio, y luego como un medio de mayor control visual de la actividad de los mismos.
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